No sabía dónde estaba entrando y resulta que hoy le puedo poner el nombre de casino. Es un lugar desconocido, creo saber dónde estoy pero constantemente reafirmo mi ignorancia. Estoy rodeada de jugadores, algunos tienen mucha experiencia y saben muy bien lo que están haciendo, otros, en cambio, son inexpertos y están perdidos. Algunos pueden dar consejos pero, ¿qué sentido tienen en un mundo impredecible? En un rincón puedo ver a los que lloran, sin consuelo o ya resignados. En otro rincón, algunos festejan contando su premio, quizá varios o uno que vale más que todos esos juntos. Estos últimos se retiran felizmente, pero por lo bajo se dice que vuelven cuando el sol se va. Parece que el retiro definitivo es muy difícil. Luego de una temporada aquí puedo decir que algunos juegan varios juegos a la vez, otros sólo quieren probar todos las opciones sin discriminar. Me gusta observar pero me dicen que tengo que apostar, ¿de qué otra forma puedo ganar? Se olvidan que así también puedo perder. Quiero aprender las reglas primero, ¿cómo podría jugar algo que desconozco? Aunque nadie puede explicarlas, ¿serán o muy difíciles o simplemente nosotros las complicamos? Hay una que es muy clara, mantener la cara de póker en todo momento, no importa si ya tenés el premio, cuánto menos mostrás, mejor. Parece que podés creer que ganaste cuando en realidad otro disfruta el mismo premio. Y jamás olvidés, nunca podrás reclamar por algo que no es tuyo. Parece sencillo pero la mente, a veces, también quiere jugar. Auque haya muchas luces y brillo por doquier no se puede perder la cabeza. Siempre hay competencia, aunque no se muestre, ahí está. Y si se muestra quiere decir que perdiste. En los casinos no hay relojes para dar una falsa ilusión de tiempo, no darse cuenta cómo el tiempo se va. Porque se va y no vuelve. Todo el tiempo esperando el mejor momento para mover la ficha, para subir la apuesta, para anotar puntos, para observar movimientos nunca es suficiente. Puede faltar o sobrar pero nunca sabré cuándo. Al final del pasillo veo la salida de emergencia, podría caminar hacía allá y dejar todo atrás pero me doy cuenta que no quiero. Quiero ganar pero paradójicamente no quiero jugar. No así. Sé que estoy perdiendo pero imaginar el premio en mis manos, disfrutarlo y pelear para que solo sea mío me mantiene dentro de la sala, con cara de póker, brazos cruzados y mirada fija en el premio deseando que no aparezca el temido cartel de GAME OVER. Aunque impropio de este lugar, no es imposible.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario