Llega un punto en el que todos estamos lastimados por alguien o por nosotros mismos. Este último duele más, mucho más, porque no podemos escapar, siempre hay un espejo que nos los recuerda, y un pensamiento que da vueltas, que parece que se desvanece pero luego vuelve con más fuerza. A veces callamos, otras veces queremos hablar pero al mirar a los costados no hay nadie. Nadie en quien confiar. Nadie que escuche. Nadie que consuele. Estamos solos esperando que aparezca alguien, pero en el fondo sabemos que no es real, que solo existe en nuestra imaginación. Podemos hablar durante horas de superación, motivación y felicidad pero al final del día son solo palabras que en la oscuridad no tienen sentido, son solo un susurro lejano y a nosotros mismo no nos podemos engañar. Podemos cargarnos de trabajo, de tareas, pero al apoyar la cabeza en la almohada todo vuelve a dar vueltas en la cabeza. No hay salida. Quizá, solo quizá, el arte nos permita liberarnos. La escritura, tal vez, la pintura, o incluso, la música. Podrán aportar una leve ilusión de confort pero a veces es todo lo que necesitamos para continuar, como en este breve relato que uso un plural que no existe para, quizás, olvidar la soledad que me envuelve.
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